ADOCTRINAR/MIS PROPIAS CARTAS ( y LIV)

Mis cartas pretenden mostrar que existe el no-adoctrinamiento y que también se da, se entiende que así mismo entre nosotros, la no-manipulación. Pueden parecer, tales muestras, algo obvio. No resulta ser así, sino más bien todo lo contrario, según las cartas barajadas por mis amigos. Cartas éstas, las de mis dos amigos, que, por cierto, son no poco representativas de un muy amplio espacio, y espacio de tiempo también, de nuestro mundo, el humano. De éste, no poco extendido, en que tanto tergiversamos, y tenemos tergiversado, medios y fines. Tanto que otorgamos a los medios el ser fines, y a los fines, que no son otros que nosotros mismos en particular y en general, el sernos por mero uso, manoseados y denigrados, solo medios sin más finalidad, en la vida, que sernos instrumento al servil servicio de uno u otro sistema totalitario, siempre presentado, por cierto, como benigno. En esas condiciones, y si esas solo fuesen, el adoctrinamiento y la manipulación están servidos y a la orden del día. Es decir a la orden de la inmediatez, la instantaneidad, la precipitación, la urgencia… en ese no importar más que la intensidad, es decir la excitación que ha de cortocircuitar, interrumpir o evitar que emerja el propio y personal pensamiento. Pensar que nos capacitaría para la formación, especialmente de convicciones*, en tanto que fines, en tanto que seres dignos, valiosos porque sí, por afirmación, es decir sin precio, lábil y fragmentado, de mercado. No por negación y renegación de sí mismos por tergiversarnos, transubstanciarnos malamente en cosas-calderilla manipulándonos en un sinfín indiferenciado de ser objetos sin más valor que el de uso y el del “contravalor” de ser meros restos de serie destinados a ser residuos (¿Qué otra cosa, finalmente, puede llegar a ser algo tan solo útil?).

Sin afán, latente o manifiesto, de exterminio, reducción o debilitamiento de la libertad, libertad en los términos de nuestras partidas aquí jugados, cabe la posibilidad y efectivo, constructivo, juego combinado, de movimiento y de reposo, del no-adoctrinamiento y de la no-manipulación. Ahí, dentro, en el sí y seno de cada cual, cada uno puede, si así lo quiere y siente como conveniente, ejercitar y ejercer su propia, no más ni la de otro, capacidad de pensamiento, ese detector inteligente de inculcaciones admitidas pero para nada personalmente reflexionadas y de ese perceptor, así mismo pensamiento, que siente la necesidad de librarse, de librarse del malestar tan nocivo, doloroso, propio del sentirse manipulado, también del manipulado-manipulador .

J, P y yo nos despedimos hasta la próxima contraposición, dejando atrás tantos atardeceres que en nuestro juego han precedido otras tantas y siguientes jugadas. Despedimos nuestro encuentro no sin haber generado, elaborado y albergado, yo, a lo largo de tantas partidas una diversa convicción de convicciones, la que sigue:

*Convicciones, de esas tomadas como motivo de reflexión personal, de esas sobre las que uno desea y quiere elaborarlas en primera persona, tanto del singular como del plural (diálogo), de esas que han sido faenadas con las herramientas del pensamiento de uno y de muchos, de esas que al ser tratadas de tal manera, con el cuidado que toda convicción -recordar su doble filo, el impositivo y el liberador- merece y necesita. Esas convicciones, y así tratadas, y no otras, adquieren la flexibilidad propia de la persona verdaderamente reflexiva. Flexibilidad que significa, respecto de las convicciones y llegado el caso y por parte de mí y solo de mí, mis expresas admisiones de ellas o rechazos o modulaciones o remodelaciones, modificaciones, añadidos, sustracciones; y aún más, tal vez originales y participadas nuevas e inéditas formaciones (a convicciones sigo refiriéndome). Flexibilidad y elasticidad. Flexibilidad personal y elasticidad interpersonal ejercitada sobre y a causa de laborar convicciones heredadas. Elasticidad que ha de alcanzar las convicciones del Otro solo para ser escuchadas con esa atención que tan solo el pensamiento reposado puede llevar a cabo, hasta el límite, pero, de evitar algún pétreo acantilado de tanto, sutil y no sutil, fanatismo, de los muchos que llevan, para más inri, la etiqueta de “convicción”. Y todo ello sin pérdida alguna de lo que el término convicción pueda significar: Detección, caso de ser ahí, en uno… detección y relativo, máximo, vencimiento, personal aunque nunca en aislamiento, del doctrinario y manipulativo trato de cosa-calderilla-residuo dado al fin, valioso porque sí sin etiqueta al dorso de precio de mercado, que somos.

Anuncis

ADOCTRINAR/CARTAS DE J Y P (LIII)

CARTAS DE J Y P

La filigrana traslucida en la carta C delineaba esta palabra: Inculcar, referida, en el juego de mis cartas, a todo acto “educativo” que prescinde por completo, fundamentalmente en edades tempranas, de los actos desiderativos y electivos -que tenerlos los tenemos desde la más tierna infancia- del educando (en sentido amplio); de tal manera que en el resto de la vida, de cada cual, resulte en exceso dificultoso, si no imposible, poder variar sin repliegues ni evasiones el rumbo de la propia existencia, y ello aún a pesar de las numerosas y aturdidoras tormentas, propias o circunstanciales (provenientes de dentro de uno o de fuera de uno), que nos acosan con injusto coste de no pocos sufrimientos o padeceres, tal vez remediables incluso de manera profiláctica. Éstas A, B y C son, en síntesis y en este juego de reflexión, mis cartas.

Ahora las de mis amigos contrincantes J y P. Contrincantes, aunque sin ánimo de competir ni por un más ni por un menos. El juego de cartas de J, en una muy apretada síntesis, podría caber en el atijo de estas palabras: Cuanto somos y podamos ser a causa de lo enseñado nos ha sido inculcado. Del verbo adoctrinar nuestras vidas son su implacable y viva conjugación. Y las de P entran en el manojo de estas otras: Sus cartas no solo son perfectamente barajables con las de J, sino que las unas sin las otras no darían, en la realidad, juego alguno. Pero se da, por acción y omisión conjugadas, un enorme poder, aunque la mayoría de las veces sutil y poco o nada advertido, ejercido por injerencia. Tal poder hace que sea efectivo, penetrante, encarnado y duradero con pretensiones de inamovible cualquier acto de adoctrinamiento. Se trata de ejercer y de dejarse ejercer la interesada Manipulación. Si inculcar tiene sus preferencias y radio de acción en los primeros momentos (etapas o periodos) del particular existir de cada cual, manipular toma el relevo y acciona durante toda la vida. Si adoctrinar es el semillero, manipular es el cuidadoso y poderoso poder que no cesa en el trasplante y fomento de nuestros temores y miedos. Esos que nos incapacitan para lo mejor, por ejemplo para esa capacidad de formarnos por propia iniciativa y constructiva libertad convicciones.

ADOCTRINAR (LII)/C

CARTA C

La marca de agua, vista al trasluz, de la carta B es TOTALITARISMOS. Sociedades totalitarias. Cerradas, fuertemente cerradas entorno a un núcleo absorbente de poder y radiante de alguna uniformidad, que ha de ser impuesta. Si régimen, entonces uno de político-social, cuando no militar; si sistema, entonces uno de económico-político-militar-social. El nuclear nuestro, el monetario, efectivo o deficitario, pero siempre monetario. También con su incorporada “educación”. Palabra ésta última a la que, según mis cartas, cuelgan unas comillas, porque se trata de “educaciones” que pretenden erradicar todo signo palpitante de libertad, bien sea, tal signo, de carácter personal como propiamente social o colectivo. Y claro, una educación tal… pues maldita sea la gracia. No hay ni persona ni sociedad sin ese componente que da juego compositivo al que reconocemos, aún que sea vagamente, con el sustantivo libertad. Al costado de ésta, que atiende a lo constructivo, orientativo, formativo; a esa libertad que hace por el desarrollo sin extrañeza excluyente, discriminatoria e impositiva, por principio y tóxica convicción, del y al otro extraño… a esa vertiente de la libertad le conviene, propiamente, el nombre educación; no menos que a la educación le conviene ese lado de la libertad que hace por reconocer y hacer efectivo lo que toda sociedad humana es (sea o no reconocido): autónoma. No dependientes, sus integrantes e instituciones, de sacralidad extra atenazadora alguna. Sin cerrazón ni cierre dominante.

La carta C corresponde a otra palabra de la cita, que desmenuzado su significado según sus acepciones me suena muy cercano a adoctrinar, tanto que ilustra el buscado concepto, búsqueda en que, recordemos, consiste nuestro juego. Inculcar, es esa palabra. Inculcar en acción no deja lugar al razonamiento propio y siempre vuelve y revuelve como apretada obstinación, previa la expulsión, o desatención interesada o desinteresada, de cualquier razonamiento elaborado en uno mismo, aún siendo hecho lo inculcado con toda la buena intención del mundo y aún siendo lo ya inculcado de la mejor calidad humana imaginable. Las convicciones no se inculcan, se forman con la plasticidad de lo humano atento. Es decir, con la reflexión hecha en primera persona del singular y del plural humano.

ADOCTRINAR (LI)/B


Imagen fractal realizada con el programa FFExplorer

CARTA B

CONVICCIONES, fue el epígrafe de la carta A. Siendo su parte más destacada que: de convicciones las hay tóxicas, mientras que otras nos revitalizan favoreciendo y aún formando las múltiples perspectivas que puedan ir comprendiéndonos para mejor hacernos y sernos. Y ello, ese abarcar comprensivo e inteligente siempre hasta cierto punto, pues no somos una entidad cerrada; tampoco pues lo es la identidad de cada cual, ni la individual ni la colectiva.

He pivotado sobre una cita a la que he deshilado por comprobar si yo puedo aprovechar algunos de sus hilos para hacerme con el ropaje de alguna idea convincente. La cita, de H. Arendt:  El objetivo de la educación totalitaria no ha sido nunca inculcar convicciones, sino destruir la capacidad de formárnoslas. Deshilé la palabra “totalitaria”, en la que oí no solamente a la educación sino que al régimen y al sistema, totalitarios, que puedieran fomentarla. De los cuales, sistema o régimen, se desprende, obligatoria, su propia enseñanza: fundamentalmente esa de las convicciones, necesariamente tóxicas: reductoras de perspectivas humanas, excluyentes, imponentes, arrasadoras, poderosas, sutiles o tremendamente forzadas, doctrinarias.

Consideré que el sustantivo educación y el adjetivo totalitaria que tan bien pueden combinar sintácticamente, fuera de lo lingüístico, en la propia actividad, totalizar y educar no pueden convivir. Son mutuamente excluyentes. Y a lo tercero que excluye cualquier totalitarismo es a toda realización de la libertad. Peor aún, excluye a la libertad misma. Deja, el totalitarismo, el terreno libre para cualquier imposición doctrinaria. En tales regímenes, adoctrinar va invadiendo todo el terreno a toda actividad educativa. Incluso arrasa con la capacidad de formarnos convicciones. Esas sólo han de ser dadas ya hechas y aceptadas sin intervención alguna del propio pensamiento, sin el cual la libertad propia se hace prácticamente imposible, y así no menos la colectiva.

Según me parece no son escasas las convicciones tóxicas existentes. Una representación fidedigna de ellas las tenemos en nuestros propios y particulares prejuicios. Con solo auscultarnos un poco los escuchamos palpitar, incluso de todo corazón. Ahí dentro están, no más allá. Tantas son esa clase de convicciones junto con las que nos son ausentes ( a mí ni fu ni fa, se decía antaño de asuntos nada baladís) que, por tanto, no ha de ser poca la merma de la propia capacidad de formarnos aquellas que amplían y multiplican convenientes y necesarias perspectivas “humanizantes”. Así que es fácil que nos asalte la pregunta, ¿En qué régimen totalitario estamos metidos? Al parecer, con solo echar una somera ojeada no demasiado lejana, estamos metidos en uno de mundialmente monetario con fondos que deberían ser destinados al fin que somos y no nosotros destinados -mejor, adoctrinados- como meros recursos a la finalidad, casi única, monetaria (desecho nuestro valor, nuestra dignidad, en calderilla para precio). No son convicciones, las que bullen en nuestro régimen, energéticas para la realización de actos “humanizantes”. Se nos han sido inculcadas sin la atención a la propia libertad personal de formarnos convicciones, orientadoras de nuestra diversa integridad siempre, en parte, a realizar… en esa realización que íntimamente – si aún hay algo de intimidad – nos resuena sentidamente en el término dignidad.

ADOCTRINAR (L)/A

Estamos en el cincuentavo encuentro para darnos juego mediante nuestras singulares partidas. Va siendo hora de considerar, de lo jugado, cada cual lo suyo. Momento de revisar las propias cartas jugadas. Ya las tenemos extendidas sobre la mesa. Tal vez todas. Ya veremos. Siempre puede ser que tengamos alguna escondida para ser jugada en el último instante. Yo expondré ahora mismo las mías solapándolas, poniendo al descubierto la parte más importante de cada una de ellas. Las dispondré en cierto orden. Las relacionaré de la manera que sigue:

A)

En el juego de nuestra reflexión nos ha sobrevenido una preocupación: La posible ruina de una capacidad personal no menos que colectiva. Una capacidad específicamente humana, pero no incondicionalmente humana, puede ser anulada. De la capacidad de formarnos convicciones, nos hemos ocupado. Puede que éstas, las convicciones, nos vengan ya formadas, pero sin nuestra personal y particular participación formativa (consciente en primera persona), a toda convicción la hemos situado bajo sospecha de no serlo, de no ser convicciones en un sentido constructivo, ampliador y amplificador de perspectivas o desarrollos integradores, humanitarios; es decir, de posibilidades. Y además si ya solo dadas y solo ésas aceptadas porque sí, ¿cómo hacernos con las que nos han de ser nuevas para lo nuevo? Así que he distinguido entre “convicciones” entrecomilladas y convicciones sin entrecomillar. Sí, a mí también me lo parece, ésta, una manera muy pobre de hacer buenas distinciones. Pongámoslo mejor. Hay convicciones que nos son tóxicas y las hay que no, que más bien todo lo contrario, lo son sin toxicidad alguna: son causa o factor de regeneración o de humanitaria e inédita innovación. Nos resultan ser, éstas últimas, más bien nutricias para poder emprender y fomentar un mejor porvenir, incluso contribuir a hacerlo.

Las convicciones son más bien una cuestión de sabiduría. De esa que va quedando esparcida por todo nuestro tiempo humano. Especialmente se trata de ese saber que aporta semillas para futuras generaciones aún incluso en medio de todo cambio. Para futuras generaciones y para futuras capacidades. A la sabiduría no se la ve, se la escucha, se la percibe y si se quiere se la atiende. Siempre invita a la libre participación personal y no puede ser otra, esa participación, que la reflexiva capacidad humana de darse especial atención. Sí, individual atención, por sencilla – que no simple – que sea esa reflexión en la que hacemos por proyectar nuestros sentimientos en el pensamiento no menos que nuestro pensamiento en nuestros sentimientos. Si es sabiduría, ésta no puede ser ni elitista ni exclusivista. Ni incluir a unos pocos, ni rechazar a tantos muchos otros. Está diseminada por doquier en muchos y al alcance de cualquiera, si la búsqueda empieza por uno mismo.

Ya hubo quien dijo que aquello que puede contaminar al hombre no es lo que de afuera proceda, sino lo que de dentro nos pueda salir. Cuidar de nuestra toxicidad es lo sabio. Hay convicciones tóxicas y las hay que no lo son. Si pierdo la capacidad de distinguirlas entonces pierdo la capacidad de formármelas a partir de la propia materia primera – inquietudes propias – de mi ser a pesar o a favor de mis circunstancias, sí adversas o favorables. Si no advierto distinción alguna, no podré hacer otra cosa que dejarme inculcar, adoctrinar, cualquier cosa de la que acabaré creyendo y diciendo indistintamente que son convicciones, incluso nobles, absolutamente nobles, nobles a más no poder. Y convicciones serán, si como tales son sentidas, aunque las habrá de muy alta toxicidad; sí, tóxicas a más no poder, por el momento. Y en cualquier caso cualquier convicción dejada suelta al azar, sin mi personal elaboración respecto a ella, no nos puede jugar más que la pasada de la casualidad. Del acierto o el error casual, en lo que bien poco, más bien nada, podremos tener algo que ver. Y así si damos en el acierto, casual, con una convicción, entonces nos atribuiremos méritos inmerecidos y si damos en el error con una convicción tóxica entonces nos sacaremos de la manga escusas de muy mal pagador. Siendo que normalmente el mal pagador resultará ser el otro, el ajeno, el extraño; cualquiera o cualquier cosa que no sea yo que estimo de mí, a sabiendas o no, mejor permanecer en la propia ignorancia, en el desconocimiento de mí y así abundar en la injusta desmedida de los despropósitos y perjuicios que pudiera ocasionar a cualquiera con mis firmes “convicciones”.

También ha sido ya dicho; sí, aquello de la viga en el propio ojo que, dada la enorme proporción de su obstáculo resulta preferible, con la poca visión que resta, engrosar, con no poca “convicción” tóxica, la paja del prójimo y para colmo tal vez pretender su extracción. Es mucha la doctrina que debe haber escondida en lo propio, con esa pretensión “extractiva”, necesariamente impositiva e hipócrita, si llevada a cabo, dada mi viga permaneciendo en ojo propio.

Después de la carta A seguirá la B.

ADOCTRINAR (XLIX)

Obra esmalt d’Estanis Papasseit

Lance tras lance no hemos podido dejar de ladear una inmensa percepción. Ha actuado, su contenido, como un amable polo de atracción en nuestro juego. Inmensa porque, ¿a quien no le alcanza el sentir de tal percepción? seguramente que su alcance es total. Mejor dicho, ¿de quién no parte la necesidad de tal percepción? De nuevo, parte de todos. Recordemos el ambicioso marco de nuestro juego. Nuestras referencias son jugar al todo o a la nada. J, mi amigo de partidas con él jugadas, afirma que todo lo aprendido, y lo que somos a ello debido, nos ha sido adoctrinado. P, mi otro amigo en estas jugadas, afirma el imponente poder de la manipulación; todos lo estamos de manipulados y, así mismo somos manipuladores; todos, por efecto de tal poder. También a mí me gusta jugar en términos de totalidades. Ahí, donde el pensamiento, lo quiera o no, se siente a gusto; ingrávido para permitir e incluso facilitar la personal determinación en el querer. Y las cartas con las que ahora juego también se refieren, por mi parte, a totalidades, a todos. Todos, que quiere decir cada cual en particular, percibimos o podemos percibir aquello que ha sido el atractivo de nuestras sucesivas jugadas. Mejor aún todos, que quiere decir uno a uno sin exclusión alguna, sentimos, de múltiples maneras y desde toda la gama de lo que nos pesa hasta toda la gama de lo que nos aligera… desde el más profundo, sórdido y callado dolor hasta cualquiera de los momentos de máxima felicidad vivida… todos y en todo el inconmensurable espectro vital de nuestro particular tiempo existencial sentimos antes que aquello que nos atrae aquello que necesitamos. Mejor dicho, rectifico, la necesidad misma es lo notado en primera instancia por cada cual; aunque muchas veces no demos con el objeto correspondiente que tal percepción de necesidad desearía encontrar. E incluso no pocas veces ni tan siquiera demos con sentir nuestra primordial necesidad.

Para la necesidad primordial que aquí nos ha puesto en juego hay una infinita oferta de sucedáneos, me parece a mí. Aquello que en nuestras partidas ha ido emergiendo como un atractivo y detector – como un atractor, me gustaría decir – de necesidad primordial no es nada nuevo (aunque sin lo nuevo moriríamos de desesperanza). ¿Cómo podría ser nuevo si se trata de una primordial necesidad de todos en particular? Tal primordial necesidad fue recogida en la gavilla de unas pocas palabras reunidas por un pensador con el leve atijo del pensamiento: “Cada cual debe tratarse a sí mismo y a los demás, nunca simplemente como medio, sino siempre como un fin en sí mismo… Sin embargo, lo que constituye la única condición bajo la cual puede algo ser fin en sí mismo, no posee simplemente un valor relativo, o sea, un precio, sino un valor intrínseco: la dignidad” E. Kant. Esa necesidad, la primordial, queda referida, y concentrada, en una sola palabra de las citadas. La tercera de ellas. Debe. Pero, ¿debe de obligación o más bien debe de necesidad interna, la que yo en íntima primera persona pueda notar? Si intrínseca mi dignidad, intrínseca mi necesidad de ella. Percibimos, de muchas maneras primero la necesidad de ser tratados dignamente porque somos, si somos y deseamos ser, fuera de precio de mercado, sin precio relativo alguno (todos fuera de esa serie puesta a precio). Esa necesidad interna la percibimos, tal vez las más de las veces, por defecto, por carencias en sentirnos necesariamente como somos: no moneda de cambio, no artículo manipulable, no medio incondicional y sí necesidad de incondicional trato digno cuando no dignificante. No objetos de trata alguna sino que sujetos de mejores tratos a ninguna otra cosa dedicados de igual manera. Fines en sí mismo, nada a parte de sí, nada de valor comparable, nada. Tratos correspondientes, a sí y al otro, a tal incomparabilidad es la necesidad que percibida o no en primera persona es la primordial. Pero es necesidad humana, es decir más y otra que, y claro sin negarla, la biológica y por tanto no la percibimos como la sed o el hambre, de manera unívoca y tan precisa de lo suyo. Es necesidad motivo de nuestra personal libertad: Puede no ser atendida, tanto la libertad como su correspondiente necesidad, y ser sustituidas o fraudulentamente compensadas por un cúmulo de, comparativamente a nuestra dignidad, sucedáneos; nosotros los primeros si convertidos en cosa, en instrumento solamente, en puro medio sin finalidad alguna, entendiendo por finalidad a cada quien, incluido uno mismo, siempre por conocer en mucha, no toda, medida.

ADOCTRINAR (XLVIII)

A lo que las cosas son se puede arribar por lo que parecen ser. Al más mínimo giro que damos a contracorriente percibimos no pocos pareceres. Giros de vueltas a uno mismo, que esa es la contracorriente, lo percibido son una buena muestra de pareceres comunes. Y unos de muy especiales, por cierto. Pero con o sin mi permiso, por virtud de habitar en mi esos pareceres, he de admitir que son más míos que de cualquier otro que no sea yo, independientemente de que él también los tenga, muy parecidos sino iguales. Tal vez no les haya dado yo cabida conscientemente, por yacer ahí, en mí, antes de tiempo. Del tiempo en que yo haya podido, y querido, discriminar entre pareceres para concederles a algunos el carácter, y trato, de propios por hacérmelos míos, algo de mí, míos. No obstante tanto si propios como si impropios, aquí están, iterpelándome porque así yo, un interlocutor válido de mí mismo, lo quiero. A los prejuicios, estrictamente a los míos, me estoy refiriendo.

Todos ellos tienen un origen y una procedencia humana. No en ningún otro ámbito que el humano han podido ser generados. Algo pues, en un sentido máximamente amplio, para y de mí tienen; no me son absolutamente extraños, soy receptor, también yo, humano de prejuicios. Ahí, por ellos junto conmigo, hay algo que decir.

Por esa incidencia y coincidencia, puedo, respecto a ellos: o aceptarlos o rechazarlos. Y ello solo puede ser posible a sabiendas, acerca de ellos de manera concreta, por mi propia iniciativa y encuentro. Y si la aceptación, entonces ésta puede ser en dos sentidos. O aceptación dejándolos como lo que son, prejuicios, y así contribuir yo a su incremento y extensión; o aceptación en tanto que al ser verificados según mis posibilidades hallen, y encuentre yo en éstos, un reconocimiento en sentido dignificante, es decir que pueda yo aún más abundar en mi dignidad (tal vez pueda desactivarlos del forcejeo con que fueron introducidos, librarlos de su “como”); como siendo, esos prejuicios, un eco de mí mismo no percibido antes de mi clamor de lo mejor o de algo mejor, particular o colectivamente; aunque, y precisamente por ello, por mi clamor callado, despojados de su impositiva inercia inconsciente. Puede incluso ocurrir también que frente a prejuicios sea yo quien realmente los tenga, a causa de negligencia por no haberlos considerado. Cabe pues y conviene discernir. No pues ya, a causa de discernimiento, aquellos prejuicios siendo tales, si los reconozco como eco de mi mismo, habiendo sido separados de sus maneras impositivas a causa del influjo ocasionado por el razonamiento mío en orden a mi deseo de querer de mí mejoras. Es decir, haber sido despojados de su poderosa influencia inercial hecha a pretendida conciencia (realmente generados y puestos con no poca inconsciencia).

Por otra parte los hay, de prejuicios, que con solo virar contracorriente, lo que quiere decir adentrarse cada cual en sí, zozobran y se desploman por su propia inestabilidad, ya que nunca tuvieron apoyo alguno en alguna información de carácter ampliamente veraz. Siendo la forma de tal veracidad el sostén y el incremento en la percepción de lo básicamente común a todo humano: la dignidad humana, de la que cada cual tiene tal vez no pocas pruebas indirectas y propias cuando aquella nos ciega íntimamente por su dolorosa ausencia, impedida por algún factor externo o interno, propio, así mismo de procedencia humana (los obstructores de derechos humanos o los generadores de tratos denigrantes, a veces generados no más allá de uno mismo, en y por nuestra propia conflictividad). A ese factor de factores podemos llamarlo genéricamente con el sustantivo manipulación. En esa clase de prejuicios quedan incluidos aquellos mansamente aceptados, aunque también resultan ser, si así se quiere, los más fáciles de detectar y por tanto de rechazar. Otros han sido revestidos con muchas capas de sutileza y de muy diferente índole. Muy difíciles de detectar, éstos. Para lo cual, para el quehacer de su detección y consecuente liberación de ellos, tenemos toda la vida.

Los prejuicios suelen ser lo que no parecen, suelen presentarse y aparecersenos con un bello o legítimo o muy noble disfraz de buena, incluso la mejor aunque en menosprecio de otras partes, humanidad. Son lo que no hay, de constructivo; pero son, ejerciéndonos gran poder de no poca extorsión, más bien mucha, y destrozo de nuestra – nuestra, en sentido estricto, sin reducciones – común, que a la vez y especialmente no puede dejar de ser particular, dignidad.