ADOCTRINAR (L)/A

Estamos en el cincuentavo encuentro para darnos juego mediante nuestras singulares partidas. Va siendo hora de considerar, de lo jugado, cada cual lo suyo. Momento de revisar las propias cartas jugadas. Ya las tenemos extendidas sobre la mesa. Tal vez todas. Ya veremos. Siempre puede ser que tengamos alguna escondida para ser jugada en el último instante. Yo expondré ahora mismo las mías solapándolas, poniendo al descubierto la parte más importante de cada una de ellas. Las dispondré en cierto orden. Las relacionaré de la manera que sigue:

A)

En el juego de nuestra reflexión nos ha sobrevenido una preocupación: La posible ruina de una capacidad personal no menos que colectiva. Una capacidad específicamente humana, pero no incondicionalmente humana, puede ser anulada. De la capacidad de formarnos convicciones, nos hemos ocupado. Puede que éstas, las convicciones, nos vengan ya formadas, pero sin nuestra personal y particular participación formativa (consciente en primera persona), a toda convicción la hemos situado bajo sospecha de no serlo, de no ser convicciones en un sentido constructivo, ampliador y amplificador de perspectivas o desarrollos integradores, humanitarios; es decir, de posibilidades. Y además si ya solo dadas y solo ésas aceptadas porque sí, ¿cómo hacernos con las que nos han de ser nuevas para lo nuevo? Así que he distinguido entre “convicciones” entrecomilladas y convicciones sin entrecomillar. Sí, a mí también me lo parece, ésta, una manera muy pobre de hacer buenas distinciones. Pongámoslo mejor. Hay convicciones que nos son tóxicas y las hay que no, que más bien todo lo contrario, lo son sin toxicidad alguna: son causa o factor de regeneración o de humanitaria e inédita innovación. Nos resultan ser, éstas últimas, más bien nutricias para poder emprender y fomentar un mejor porvenir, incluso contribuir a hacerlo.

Las convicciones son más bien una cuestión de sabiduría. De esa que va quedando esparcida por todo nuestro tiempo humano. Especialmente se trata de ese saber que aporta semillas para futuras generaciones aún incluso en medio de todo cambio. Para futuras generaciones y para futuras capacidades. A la sabiduría no se la ve, se la escucha, se la percibe y si se quiere se la atiende. Siempre invita a la libre participación personal y no puede ser otra, esa participación, que la reflexiva capacidad humana de darse especial atención. Sí, individual atención, por sencilla – que no simple – que sea esa reflexión en la que hacemos por proyectar nuestros sentimientos en el pensamiento no menos que nuestro pensamiento en nuestros sentimientos. Si es sabiduría, ésta no puede ser ni elitista ni exclusivista. Ni incluir a unos pocos, ni rechazar a tantos muchos otros. Está diseminada por doquier en muchos y al alcance de cualquiera, si la búsqueda empieza por uno mismo.

Ya hubo quien dijo que aquello que puede contaminar al hombre no es lo que de afuera proceda, sino lo que de dentro nos pueda salir. Cuidar de nuestra toxicidad es lo sabio. Hay convicciones tóxicas y las hay que no lo son. Si pierdo la capacidad de distinguirlas entonces pierdo la capacidad de formármelas a partir de la propia materia primera – inquietudes propias – de mi ser a pesar o a favor de mis circunstancias, sí adversas o favorables. Si no advierto distinción alguna, no podré hacer otra cosa que dejarme inculcar, adoctrinar, cualquier cosa de la que acabaré creyendo y diciendo indistintamente que son convicciones, incluso nobles, absolutamente nobles, nobles a más no poder. Y convicciones serán, si como tales son sentidas, aunque las habrá de muy alta toxicidad; sí, tóxicas a más no poder, por el momento. Y en cualquier caso cualquier convicción dejada suelta al azar, sin mi personal elaboración respecto a ella, no nos puede jugar más que la pasada de la casualidad. Del acierto o el error casual, en lo que bien poco, más bien nada, podremos tener algo que ver. Y así si damos en el acierto, casual, con una convicción, entonces nos atribuiremos méritos inmerecidos y si damos en el error con una convicción tóxica entonces nos sacaremos de la manga escusas de muy mal pagador. Siendo que normalmente el mal pagador resultará ser el otro, el ajeno, el extraño; cualquiera o cualquier cosa que no sea yo que estimo de mí, a sabiendas o no, mejor permanecer en la propia ignorancia, en el desconocimiento de mí y así abundar en la injusta desmedida de los despropósitos y perjuicios que pudiera ocasionar a cualquiera con mis firmes “convicciones”.

También ha sido ya dicho; sí, aquello de la viga en el propio ojo que, dada la enorme proporción de su obstáculo resulta preferible, con la poca visión que resta, engrosar, con no poca “convicción” tóxica, la paja del prójimo y para colmo tal vez pretender su extracción. Es mucha la doctrina que debe haber escondida en lo propio, con esa pretensión “extractiva”, necesariamente impositiva e hipócrita, si llevada a cabo, dada mi viga permaneciendo en ojo propio.

Después de la carta A seguirá la B.

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